A pesar del capricho de la naturaleza, los campanarios con sus campanas y tambores consiguieron, gracias al tesón de sus intérpretes, ganar terreno a los truenos, rayos, intensa lluvia y algo de granizo que diluvió justo durante el tiempo del concierto.
Algunos campanarios llegaron a inundarse, las partituras no servían de mucho, ya que estaban empapadas, el fuerte viento metía la lluvia hasta el más escondido rincón, pero la perfecta empatía entre director y los componentes de cada campanario consiguieron sacar fuerzas e ilusión para cumplir con la misión emprendida.
Nada más empezar el concierto se empezaron a notar las primeras gotas de lluvia, para pasar a llover con fuerza a los pocos minutos; truenos y relámpagos se unieron al concierto, teniendo que soportar una intensísima lluvia racheada que hacía temer lo peor, pero salvo algún campanero que por seguridad abandonó unos minutos su posición, todo siguió según lo previsto.
Quizá hubo un momento en el que se temía que los tambores no pudiesen acudir a la plaza del Pilar los
últimos minutos de la obra, por no estropear tan valiosos instrumentos con la lluvia, pero el tiempo tuvo clemencia, la lluvia amainó y los tambores consiguieron finalizar la obra en un diálogo con los situados en las torres del Pilar y La Seo.
En todo caso, se echa de menos el no haber podido disfrutar del paseo por el casco histórico de la ciudad, aunque la mayor parte de la gente se concentró en la Plaza del Pilar, pudiendo disfrutar igualmente del mismo.



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